
A través del tiempo me fui dando cuenta que había al menos dos clases de actores. Y para no ser mezquina voy a decir: dos clases de artistas.
Hay quien vive de un modo, porque su realidad económica, social, y de clase –si se quiere- así se lo designa, pero se conduce en su “carrera artística” de modo exactamente de forma opuesta a esa realidad cotidiana que le ha sido dada para ser vivida.
Alguien dijo que uno es por lo que hace y hace lo que es.
Esto es evidentemente una construcción filosófica, cuestión que en este blog no voy a tratar en forma directa, salvo que algún lector quiera hacerlo.
El día 10 de julio de 1982 nació mi hija María Victoria. Antes de que ella naciera yo me había preguntado si iba a ser capaz de dejar por ella todo lo que me apasionaba. Y me contesté que sí, que por ella era capaz de dejar el teatro, la política, los bares, los muchachos y qué se yo cuántas cosas más. María Victoria nació y se llamó María por un error mío al llenar la planilla de inscripción en el Registro Civil, yo quería que se llamara solamente Victoria, porque era mi victoria en el aspecto afectivo, pero me equivoqué, por identificación seguramente y cuando comencé a llenar el formulario escribí María e iba a seguir con Concep…, pero me avivé a tiempo, y dije, bueno que se llame María también, María como yo.
Ya es evidente que la tuve sola. Es decir soltera.
A los seis meses de María Victoria ella iba a su jardín maternal y yo a mi trabajo, todos los días, en el mismo colectivo, en la misma esquina, en el mismo barrio, con los mismos vecinos.
Entre tantas cosas que pasaron en esos seis meses escribí una obra de teatro para niños.
Y se la mostré a una de sus maestras.
Y esa una de sus maestras, Azucena Villegas, después de leerla dijo que era posible y quiso hacerla conmigo.
Actualmente creo que Azucena se merecía otra obra, pero ella era mucho más gitana que yo, así que puso todos sus valores, ensayó, creó, y hasta consiguió una gira por la provincia de La Pampa.
Hicimos pié en Realicó, donde vivían sus padres.
Y fuimos a representar la obra a muchos pueblos cercanos de la provincia.
Se puede decir que nos fue bien, por cómo nos trataron, porque no perdimos un centavo, por muchas razones.
El hecho es que yo a la noche no podía dormir, pensaba en mi hija que se había quedado en Buenos Aires y entonces me venía un llanto, una bronca, un dolor que todavía hoy no puedo mensurar, en esos momentos tomaba la almohada y tapaba mi boca con ella y descargaba todo ese mi llanto, mi angustia, pensando que así los sofocaba.
Una mañana, mientras desayunábamos, la madre de Azucena me hizo un montón de preguntas. Nunca voy a olvidar este tramo del interrogatorio:
-Vos tenés que pensar muy bien lo que querés hacer.
-¿Por qué?
-Porque así, llorando toda la noche no vas a llegar a ningún lado.
Vaya cuestión. Debía encontrar el modo de no llorar.
Había que dejar de llorar para continuar.Y continuando es como dejé que los llantos no se adueñaran a su gusto y antojo de toda mi vida.
1 comentario:
Uf! La maternidad nos pone en jake el ego. Yo aun con mi bebe de casi ocho meses estoy comiendome las manos para volver a las tablas... Pero algo me dice que aguante un poco mas, cuando vuelva a un personaje creo que voy a estallar de tanto para contar que tiene mi cuerpo.
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