martes, 2 de febrero de 2010

El viento y las sombras


1961 fue el año en que mi padre se fue de mi casa y nunca más volvió. Ahora que recuerdo su partida desde mis 53 años, me doy cuenta que se fue lleno de violencia, porque claro, sólo con una gran violencia se puede cortar así como así y de una sola vez, sin anuncio, sin preámbulo, sin anestesia, con una vida donde al menos se tiene dos hijos.
Pero no es aquí dónde voy a hablar de este hecho de mi vida. Sólo que no podría seguir escribiendo esta serie de anécdotas que relacionan al teatro con mi vida, si no hablara de mi padre, quien tuvo la propiedad de hacerme creer que todo es más o menos posible.
Es posible escribir y leer antes de conocer las letras. Es posible ver una película sangrienta y de terror a los cuatro años si sabés que todos esos muertos destripados son en realidad muñecos especialmente preparados para hacer tal o cual escena. Es posible tener una estrella aunque mamá diga que los zapatos están rotos. Es posible hacer un barrilete durante todo un día y a la mañana siguiente dejarlo ir por el aire, casi como por un descuido. Es posible hacer muñecos y animales y hasta contar una historia con la sombra de las manos. Es posible hablar de muchas y diferentes maneras. Es posible ser otro además de lo que uno es.
Todas estas posibles cosas y muchas más se quedaron para siempre adentro mío a partir de que él me lo fue demostrando y no sentí que se las llevara el día que se fue. Se llevaría otras que, como ya dije, no vienen al caso.
Pero su partida me dejó otras cosas.
Una de esas cosas era el cuchicheo de las vecinas acerca de su partida.
-No hables más con ellas, mamá.
Ese cuchichear retumbaba en mi cabeza y me daban ganas de llorar, pero no, no lloraba, sólo me alejaba para no escucharlas más. A medida que me alejaba me daba vuelta para verlas, esperando que ya se hubieran ido adentro de sus casas a cumplir con el ritual de la cena. Mi madre y mi hermano permanecían con ellas integrando el cuchicheante coro. Entonces, me alejaba otro poco más, y más.
Un día llegué al centro de la calle, justo donde estaba el farol de la luz pública y ví reflejada mi sombra en la calle, era un día de mucho viento así que mi sombra se alargaba y achicaba, como si tuviera vida propia. Fue un hermoso descubrimiento. Me puse a hacer piruetas bajo el farol y ya estaba allí el señor Ferratjans con su carro de lechero donde una vez me dejó entrar para que lo viera por dentro, ahora es el tren que lleva de regreso a Buenos Aires, pero enseguida llegan los payasos del circo que se van porque el ruido de la moto de Pedro Ganora los asusta y yo los saludo porque voy en la parte de atrás de la moto de Pedro, que me hace bajar porque me han traído la bicicleta que tanto quiero y es una bicicleta especial porque puedo volar con ella…
Y me alejo tanto que apenas escucho a mi madre y a mi hermano que me llaman para que vaya a cenar.
Sucedió que un día no pude escucharlos más, me había ido lejos, pero tan lejos, que al darme vuelta apenas si pude distinguirlos y ya no pude volver, entonces sí, recién entonces lloré, pero el viento en su ráfaga envolvente secó mi lágrimas y en ese brevísimo instante en que se apagan las luces del escenario –dando fin a la obra- me pareció ver la sombra de mi padre que aplaudía entre el público.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Increible tu relato REINA...SE ME PUSO LA PIEL DE GALLINA (AUNQUE SOY CUERVA)) JAJAJAJAJ

VIVIANA PLANELL