La mayoría de los actores soñamos con tener nuestro teatro propio, es como decir la casa propia para los personajes, sus ropas y utensillos, para nuestros propios cuerpos con sus búsquedas, nuestras muchas voces que nos salen de adentro, para los cuerpos de otros, para ver la “casa” llena de pueblo o público.
La mayoría de los actores nunca tienen la posibilidad de tener esta “casa propia”, siempre va uno a la casa de otro, que por supuesto no es actor, sino dueño. Dueño de las cuatro paredes y los dos tablones, dueño de las luces, del cortinado y el agua del baño, Dueño de darnos una patada en el medio del culo o de extender su sonrisa casi suavemente cuando le pagamos en efectivo constante y sonante. ¡Ah, el tintinear de las monedas!
Por eso muchos actores sostenemos que el teatro es donde uno lo desarrolla, en la calle, en un hall, en un andén de un ferrocarril que ya no funciona, en la plaza, en un cuarto. No importa, el espacio teatral se reconfigura permanentemente.
Pero a veces nos sentimos cansados de ese trajinar callejero, sobre todo cuando van pasando los años y los huesos y las carnes no tienen la misma frescura que años anteriores.
Yo tuve un teatro. Cuánto se reían algunos necios de “mi teatro de la mercería”, pero esa es una historia que ya contaré.
Y yo dejé de tener ese teatro, por ordenanza municipal.
Los figurantes son la contra-cara de las figuras en el esquema teatral y/o coreográfico. Los figurantes no hablan, es decir no tienen parlamentos orales ni cuadros de coreografía. Están como de relleno, casi cartón pintado. Nunca son mencionados por las críticas. Pero no es así, no son de cartón, están esperando ser vistos por un director, ser revalorizados y reclasificados, salir de esa situación de marginación.
Las conversaciones que los figurantes tienen detrás de bambalinas y aún en escena son desopilantes, a veces monstruosas, si pudieran ser escuchadas por el público, muchos saldrían despavoridos de sus butacas como temiendo por su integridad y otros llorarían de la risa, hasta acabar en el piso, casi tan degradados como los figurantes mismos.
La revolución socialista debiera ser su esperanza, pero no todos creen en las revoluciones y como dijo el gran maestro Augusto Boal: del teatro no va a salir la revolución, aunque es un buen ensayo.
De esa necesidad de tener un espacio propio y de mi entera solidaridad para con los figurantes del teatro y de la vida, salió una noche la idea de hacer teatritos de cartón, para poder tener el teatro en mis manos y los llamé “de figurantes”.
En los teatritos “de figurantes” actúan muñecos de cartón, planos y con varillas. Son bastante elementales, porque los actores que los manipulen complementarán su falta de dimensión, cobrarán tanta importancia para el público, como los personajes que representan los muñecos, saliéndose del texto, criticando y poniendo en complicación a los personajes. O ayudándolos a expresarse, a fulgurar o declinar con maestría.
