domingo, 31 de enero de 2010

De los figurantes


La mayoría de los actores soñamos con tener nuestro teatro propio, es como decir la casa propia para los personajes, sus ropas y utensillos, para nuestros propios cuerpos con sus búsquedas, nuestras muchas voces que nos salen de adentro, para los cuerpos de otros, para ver la “casa” llena de pueblo o público.
La mayoría de los actores nunca tienen la posibilidad de tener esta “casa propia”, siempre va uno a la casa de otro, que por supuesto no es actor, sino dueño. Dueño de las cuatro paredes y los dos tablones, dueño de las luces, del cortinado y el agua del baño, Dueño de darnos una patada en el medio del culo o de extender su sonrisa casi suavemente cuando le pagamos en efectivo constante y sonante. ¡Ah, el tintinear de las monedas!
Por eso muchos actores sostenemos que el teatro es donde uno lo desarrolla, en la calle, en un hall, en un andén de un ferrocarril que ya no funciona, en la plaza, en un cuarto. No importa, el espacio teatral se reconfigura permanentemente.
Pero a veces nos sentimos cansados de ese trajinar callejero, sobre todo cuando van pasando los años y los huesos y las carnes no tienen la misma frescura que años anteriores.
Yo tuve un teatro. Cuánto se reían algunos necios de “mi teatro de la mercería”, pero esa es una historia que ya contaré.
Y yo dejé de tener ese teatro, por ordenanza municipal.
Los figurantes son la contra-cara de las figuras en el esquema teatral y/o coreográfico. Los figurantes no hablan, es decir no tienen parlamentos orales ni cuadros de coreografía. Están como de relleno, casi cartón pintado. Nunca son mencionados por las críticas. Pero no es así, no son de cartón, están esperando ser vistos por un director, ser revalorizados y reclasificados, salir de esa situación de marginación.
Las conversaciones que los figurantes tienen detrás de bambalinas y aún en escena son desopilantes, a veces monstruosas, si pudieran ser escuchadas por el público, muchos saldrían despavoridos de sus butacas como temiendo por su integridad y otros llorarían de la risa, hasta acabar en el piso, casi tan degradados como los figurantes mismos.
La revolución socialista debiera ser su esperanza, pero no todos creen en las revoluciones y como dijo el gran maestro Augusto Boal: del teatro no va a salir la revolución, aunque es un buen ensayo.
De esa necesidad de tener un espacio propio y de mi entera solidaridad para con los figurantes del teatro y de la vida, salió una noche la idea de hacer teatritos de cartón, para poder tener el teatro en mis manos y los llamé “de figurantes”.
En los teatritos “de figurantes” actúan muñecos de cartón, planos y con varillas. Son bastante elementales, porque los actores que los manipulen complementarán su falta de dimensión, cobrarán tanta importancia para el público, como los personajes que representan los muñecos, saliéndose del texto, criticando y poniendo en complicación a los personajes. O ayudándolos a expresarse, a fulgurar o declinar con maestría.

Examen de ingreso


En el mes de enero de 1976 tenía casi 20 años y una soledad que no había elegido. Hacía pocos años atrás, cuatro, a lo mejor tres o dos años, mi vida había sido muy distinta. Estaba llena de compañeros, actividades, viajes, proyectos, discusiones y alegría, una completa y casi tenaz alegría. Era una alegría que no me asombraba de tenerla, me parecía natural y propia. Podía pasar varias horas con mis amigos riéndonos de nada y de todo, porque también pasábamos muchas horas discutiendo, leyendo, tratando de entender una realidad que debía dar paso a un futuro con Perón y nosotros, haciendo una argentina socialmente justa, soberana y hasta socialista, ¿por qué no?
Pero Perón volvió y la relación con el viejo no fue tan simple, entonces la alegría se me empezó a complicar, ni qué hablar de aquella mañana del 1º de julio de 1974 donde supimos que el viejo había muerto. Todo era frío, lluvia y lágrimas. Todo era dolor y también preocupación.
Después, bueno, después dejaron de llegar las cartas porque se convertían en una exposición peligrosa para esos tipos que todos sabíamos obedecían al “brujo” López Rega, dejábamos de encontrarnos porque tomábamos caminos diferentes, ya no era tan fácil discutir o disentir, ello implicaba quedar afuera o adentro.
Comenzaba un fenomenal cambio cultural basado en el desvínculo que no se detendría y por eso yo, a los casi 20 años tenía una soledad que no me dejaba dormir, paseaba en la oscuridad pensando y llorando, un poco con rabia, otro poco con miedo.
Me estaban robando el futuro, un futuro donde yo quería ser parte de su concreción.
En una de esas noches de desvelo imaginé que las cosas en las cuales yo creía podían ser transmitidas de otro modo, desde otro lugar, con otro lenguaje. Y ese lenguaje era el arte, donde no hay límites y todo es posible, un lugar donde podría desarrollar, hacer crecer, transmitir y recibir aquello que había encontrado junto a mis compañeros de militancia, lo haría de a poco, primero eligiendo qué hacer dentro del arte, luego estudiando, para finalmente hacer, crear las condiciones para aportar a la construcción de aquella patria que ahora corría peligro de muerte, como aquel asesinato de Ortega Peña, por decir de alguien que representó a tantos, tantos, demasiados.
Por eso, al otro día me inscribí en la Escuela Municipal de Arte Dramático. Estaba en un edificio de la calle Juan de Garay, frente a una plaza. Me dieron un instructivo porque debía rendir un examen de ingreso. El examen consistía en interpretar un texto de Leopoldo Marechal y una poesía de Alfonsina Storni. También habría un examen de rítmica, otro gramatical y literario y un coloquio.
Y así fue que mi tío Osvaldo trató de disuadirme mientras analizábamos los textos que interpretaría en el examen, pero se entregó de lleno a su tarea de maestro y director cuando comprobó que la idea no era utilizar al teatro como vehículo de ambiciones superfluas e individualistas. Él había estudiado en el Teatro Nacional Cervantes con el maestro Ponferrada. Cuando terminamos el trabajo, me dijo
- Te va a ir bien, andá confiada. Pero elegiste un camino muy duro.
Y yo me presenté confiada, pero cuando llegué a la Escuela Municipal del Arte Dramático me encontré con más de cien aspirantes a ingresar y sólo había veinte vacantes. Me sentí muy mal, pero me quedé hasta el final. Traté de hacer mis trabajos tal cual me lo pedían los profesores, pero me daba cuenta que todo lo que hacía era mediocre e incluso malo, sin contar las torpezas cometidas en el examen de rítmica. Por último vino el coloquio donde se estableció un diálogo sincero entre la mesa examinadora (compuesta de doce profesores) y yo, que me sacó de la etapa anterior. Los profesores me preguntaban exactamente lo que yo ansiaba responder, hablamos de cine, de política y teatro, de educación, de obras de teatro leídas y vistas, de literatura y de la proyección social y pedagógica del teatro. ¡Cuánto tenía para aprender! ¡Y cuánto tendría para hacer!
Fui una de las últimas en rendir, en la puerta me estaba esperando el Secretario de la Escuela,
-¿Cómo te fue?
-Y… no sé.
-El coloquio fue muy largo.
-¿Sí? ¿Y eso es bueno o malo?
-Es bueno, se ve que tenías mucho para decir.
-Bueno, gracias, chau.
-Nos vemos.
-Sí, si apruebo.
-Vos vas a entrar.

Las clases comenzaron en abril y no volvimos a vernos. Él es un detenido desaparecido. Vaya para él también todos aquellos logros que pudiera haber hecho y haré en y con el teatro.

sábado, 23 de enero de 2010

Artistadas


En la calle Paso al 200 vivían mis tíos, en una habitación dividida por un mueble y con baño compartido,allá por la década del 60. En el sótano de la vivienda había una carpintería y en el fondo, Lina en un departamento con servicios independientes. Lina tenía la piel blanca como de seda, era alta y su pelo negro le llegaba a los hombros. Lina tenía una hija y un loro y algunos decían que un marido peronista (que estaba fugado o preso), comentario que no podría contradecir porque el loro cantaba a la perfección la "marchita".
Nosotros llegábamos a esa habitación y mis tíos armaban catres para que durmiéramos del otro lado del mueble y allí transcurrimos algunas vacaciones del trabajo de mi madre, saliendo todas las tardes y casi todas las noches a "devorarnos" Buenos Aires. Todo, todo, todo, cine, teatro, Ital Park, la costanera, restaurantes...
Creo que mi tía estaba enojada con mi tío por tener que vivir en esas condiciones, pero mi tío sonreía y cuando llegaba del trabajo solía enseñarnos, a mi hermano y a mi, a jugar al pase inglés. Algunas tardes mi tío preparaba unos papeles, los ponía en una carpeta y mientras se tomaba unos mates todos sabíamos que iba a salir.
-Ya sé, te vas a las artistadas.
Y mi tío sonreía.
-Yo quiero ir con el tío a las artistadas.
-LLevate a Mari.
Y yo salía de la mano de mi tío, por la calle Paso hacia la Avenida de Mayo, donde, en un subsuelo, sucedían "las artistadas".
-¿Qué son las artistadas, tío?
-No, no son artistadas adonde vamos, son ensayos.
-¿Por qué la tía les dice artistadas?
-y... porque no gano mucho dinero haciendo las obras de teatro.
Y llegábamos a las "artistadas". Allí siempre tuve manos que acariciaban, faldas que me acogían, barandas de escalera que bajar, parlamentos interrumpidos y vueltos a realizar, mi propia botella de coca cola y la promesa o fantasía, que tal o cual acto lo podría cerrar yo.
Las artistadas fueron un bálsamo, un recreo, un placebo a tanta discordia, muchas veces violenta en mi infancia.