domingo, 21 de febrero de 2010

La Visión de Lavelli


El autor sólo conoce en parte el sentido o los sentidos que alcanzará su obra. Y ello no sólo porque en su creación han mediado materiales subconscientes y ambiguos, cuya dimensión se le escapa, sino sobre todo porque irremediablemente, cada época, cada ideología, cada director de escena e, incluso, cada espectador, según las circunstancias, verán la obra de un modo distinto. Si esto puede decirse de un texto literario, que, pese a permanecer "objetivamente" igual, va cambiando según cambia el punto de mira, tanto más hay que asegurarlo del teatro, que tiene ya en el paso texto-escenario, imprescindible para nacer como tal teatro, una mediación recreadora fundamental, No es sólo –por entrar ya en el punto concreto- que el público de hoy, situado ante el montaje de la Xirgu, entendería Doña Rosita la soltera de modo distinto a como lo hicieron los críticos y espectadores de entonces, sino que la representación de Doña Rosita la soltera jamás podría ser hoy igual que ayer. Entre Federico y Lavelli, entre Margarita Xirgu y Nuria Espert, entre los españoles del 35 y los del 80, media una experiencia histórica y cultural que forzosamente ha de incidir en el entendimiento de Doña Rosita, en el modo de representarla y de recibirla.
Lo cual no es decir que las nuevas versiones traicionan a las antiguas. En el teatro español de los años treinta hay cientos, miles de obras a las que nadie quiere descubrir ninguna nueva perspectiva, ningún nuevo sentido. Si Doña Rosita la soltera nos interesa hoy de un modo distinto –quizá- a cómo interesó en el estreno, el cambio aparece entre nosotros sin la menor violencia, fruto de la profundización en determinados puntos, por lo general detectados por los primeros espectadores y críticos de la obra, aunque con una ligereza que contrasta con el énfasis que hoy ponemos en su importancia.
Bien mirado, ése es el poder de los clásicos, no tanto el de transmitir un contenido, preciso a través de las generaciones y los tiempos, como el de ofrecer una obra que permite, a partir de ella misma, sin violentaciones externas, crear relaciones, inevitablemente distintas, con los intereses de épocas sucesivas, Cuando período "no descubre nada nuevo" en su obra, y se limita a contemplarla a través de los análisis y de los juicios ya establecidos, puede decirse que esa obra empieza a dejar de ser clásica, es decir, contemporánea. Su presumible destino es, primero, el museo de los libros eruditos; a la larga, el olvido.
La Visión de Lavelli (fragmento) José MonleónRevista del Centro Dramático Nacional de España, 1981.

LORCA Y DOÑA ROSITA


En el curso de una conversación, el gran poeta español Rafael Alberti me decía que García Lorca sentía una especial admiración por Chejov y, más específicamente, por El jardín de los cerezos. Alberti, que había sido uno de sus amigos más cercanos, agregaba que Federico había querido escribir "un jardín de los cerezos español", como otros sueñan con re-interpretar los mitos antiguos. Estas palabras ayudaron a confirmar lo que yo pensaba de esta tragedia sin muertes, de esta comedia de la vida Kitsch y pequeño burguesa de principios de siglo.
En efecto, las analogías entre las dos obras son evidentes, aún si el vocabulario dramático no es el mismo. En primer lugar, en el estilo; una pintura de la realidad sin concesiones al naturalismo; una singularidad común para delinear un personaje y para hablar de sus frustraciones de una manera tal que permite, por medio del humor, ya sea criticarlo, ya sea definir con precisión su pertenencia socio-política. Un dibujo global, finalmente, acerca de las dos obras: una cierta burguesía despreocupada o alimentada por una inconciencia simpática contempla, impotente, los deshechos que produce el paso de la historia. El tiempo, ese testigo neutro de la existencia, va a marcar a unos y a otros con su vertiginosa marcha. Y ya nada será parecido o, al menos, nada podrá ser vivido de la misma manera.
Del lado de Lorca, este viento de la historia pasa por una España que sufre el retroceso de su poder colonial con la derrota que este fin de siglo le infligiera en el Caribe, en las Filipinas y en Hawai. Pasa, también por lo acontecimientos políticos que la nueva república española está viviendo: la euforia de la esperanza y de la libertad recobrada, y el entierro del antiguo régimen.
Doña Rosita es la última obra de Federico (1935): unos meses más tarde el poeta sería asesinado en Granada natal por la falange franquista. Una era de oscurantismo cultural y político se abate sobre España. Y a la luz de una serie desenfrenada de fracasos que se suceden en la historia española desde la segunda mitad del siglo XIX que Doña Rosita toma un carácter alegórico y marcadamente simbólico. Como las Tres Hermanas de Chéjov, que sueñan con un "más allá" mejor repitiéndose la esperanza de partir para Moscú, los personajes de Doña Rosita se encaminan hacia un "más allá" imprevisible. El tiempo de la ilusión ha dejado su lugar al de la realidad, a la cual habrá que hacer frente de una vez por todas para sobrevivir. El cuento de hadas ha terminado, el tiempo de la madurez está ante nosotros.
Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores es a la vez una obra "intimista" (obra "para familia", decía Lorca) y una obra de carácter social. El tema del celibato se encuentra en el centro de la anécdota, pero el tiempo y la espera son sus complementos determinantes. Y es utilizando la espera como un componente dramático, que el tiempo asume plenamente su papel histórico.
En el centro de nuestra historia, tres personajes, tomados de la tradición teatral española de principios de siglo, llevan adelante la acción: la Nodriza, desenvuelta y generosa; la Tía, comprensiva y tolerante; finalmente, un Tío, sostén de base de la estructura familiar. Todo contribuye, al comienzo, a situar a estos animadores en la más convencional de las fórmulas dramáticas, ya empleadas por los autores de principio del siglo, preocupados por ofrecer una idea armoniosa de la composición social de la burguesía. Apropiándose de su leyenda, Lorca los hace transitar por las aguas menos límpidas de la frustración. El destino que el poeta les reserva es más ambicioso y más digno, más real y más profundo. De ahora en más, dejarán de “representar” a la burguesía, para encarnarla totalmente en el marasmo de sus contradicciones y de sus prohibiciones.
En la estructura dramática de Rosita, el mundo exterior irrumpe en la vida de nuestra heroína. Este mundo gira y nos muestra los personajes que son representativos de los mitos lorquianos. Las Manolas, en el primer acto, se inscriben únicamente en un propósito a la vez poético y singular: allí se fijan la belleza sublimada y el mito de la mujer indescifrable y misteriosa. No resulta inocente el hecho de que Lorca trate la escena en versos rimados. Y el mismo tratamiento será infligido a la escena del adiós entre el Novio y Rosita: Algunos versos le permiten inscribir esta única escena de amor en un plano más mítico que carnal: el amor permanecerá así como una ilusión adolescente y un juramento imposible. Rosita, como Madame Butterfly, podrá soñar, sin revivirlo, este momento de gracia amorosa que él, Lorca-creador, le concede.
A partir de este momento, la realidad hará su aparición bajo formas terrenales y más satíricas, pero no por ello menos míticas: las viejas doncellas casamenteras; la madre absolutista; la nueva generación nov, el profesor de economía, afrancesado y cegado por la industria naciente. Todos ellos son "tipos" de una época con la que hay que contar para hacer un mundo.

En el tercer acto, treinta años más tarde, Rosita persiste en su espera ilusoria y entonces, más que nunca, la realidad penetra en su sueño y lo fractura. Enfrentarse al resultado es más penoso que marginar su existencia. Finalmente, en este sueño de impotencia, habremos vivido una página de historia cuyo anacronismo no resulta un prejuicio contra su permanencia.
Esta puesta en escena ha tratado de darle lugar a todos los valores enunciados, sin perder de vista lo que para el poeta fue el punto de partida: la pintura de una burguesía que se jacta de su fineza y de su buen gusto, pero que raya en lo ridículo: Y es allí donde la gracia del verbo lorquiano resulta incomparable, ya que, detrás de la sátira y del ridículo, se presiente una inmensa comprensión llena de amor y de generosidad. Lorca-crítico no olvida jamás al hombre ni al momento histórico que debe soportar, y sus personajes siempre se rescatan en esta misma dificultad para vivir. Dificultad que vuelve a evocarnos la sumisión de nuestros recuerdos a los pequeños hechos de nuestro pasado. La vida de un individuo, de un núcleo familiar, de una sociedad, estaría ligada así a sus momentos de esperanza, a sus momentos de angustia, y a sus momentos de decisión frente a este tiempo que nos es dado vivir.
El teatro de Jorge Lavelli , EL DISCURSO DEL GESTOJosé Tcherkaski, Editorial de Belgrano, 1983.

Palabras de Federico García Lorca


Alocución Argentina,pronunciada desde Madrid para Radio Prieto de Buenos Aires en 1935. Recogida en
Alocuciones Argentinas
por la fundación García Lorca en 1985. Publicada en Diario Clarín, Sección Cultura y Nación, Buenos Aires, 26 de marzo de 1987.


Queridos radioyentes de la República Argentina

Sólo por dirigiros la palabra, por voluntad del amor, he venido de mi casa de Granada a este estudio atravesando la Sierra Morena, coronada de nobilísimas encinas, entre ráfagas de plomo y pisando la Mancha de don Quijote, donde un cielo de vino y una tierra de grandes nubes, en increíble enlace, son los dos elementos propicios para la realidad del sueño y la vida del fantasma, en el espejismo más grande de la literatura española.
Yo venía pensando en la Argentina y en Buenos Aires, llanura despoblada, llanura para nuevas alegrías, donde las hierbas forman un diminuto griterío de esperanza, llanura para el niño y la pura fuente de agua simple; yo venía pensando en la Argentina por esta u otra llanura poblada de endriagos, llanura donde por vez primera la vid de Baco se hace sangre de Cristo, llanura para la osamenta del caballo, por esta llanura de las lágrimas que es la Mancha de Ciudad Real.
¿Qué les llevo? ¿Qué les doy a mis amigos y radioyentes de la Argentina?
Cada día que pasa huyo con más angustia de lo artificioso, para entregarme a una sencillez que ansío en todos mis actos y en toda mi obra, y que me hace buscar la expresión vital con toda la mayor frescura que puedo captar en el vuelo misterioso de la poesía y la naturaleza. Esta ansia, este deseo me lleva a huir de toda retórica fácil, de todo juego de palabras, de todo ese espantoso vacío que tienen las charlas y los discursos de banquete, donde siempre vemos llorar a ciertas gentecillas que no se conmueven con el terrible espectáculo del mundo actual y derraman sus odiosas lágrimas de cocodrilo sobre pañuelos baratos perfumados con la retórica de modistas literarios y demás reptilitos.
Yo soy un poeta y necesariamente tengo que leer versos, alegres o tristes, pero siempre compuestos humildemente, con el deseo de que cruce por ellos un rumor de sangre viva, de aire vivo, que los haga dignos de la atención de ese espectador de fe que siempre espera.
Aquí, en este estudio, ante el micrófono que ha de llevar mi voz a un hermoso país que quiero, y por el que siento el agradable y triste escozor de la nostalgia, vestido con un traje argentino y una camisa azul comprada en la calle Esmeralda, lo más sincero, lo más vivo que puedo ofrecer a los radioyentes que tienen la amabilidad de escucharme es una escena de un poema teatral granadino que acabo de escribir.
Se titula Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. Es un drama para familias, que yo titulo, el gran drama poético de la cursilería que culmina en el novecientos con la media negra del can can, el bis a bis, la guajira y las terribles esmeraldas de la Otero brillando como farolitos de verbena en los ojos rubios del viejo Príncipe de Gales. Es el encanto de una época cuyo arte califica mi encantador amigo, el gran Salvador Dalí, de arte comestible, donde el merengue tiene una categoría angélica y los libros y las fachadas y los pechos enormes de las señoras se llenan de libélulas, de girasoles, de abejas, de matas de pelo que terminan en espadas, y donde los botijos son cabezas torturadas o las cabezas fulgurantes con verdes viscosidades de medusa.
El poema empieza en el año 85, ese año en que el aire de la Argentina está todavía turbado por las desaparecidas peinetas nacionales, inmensas como colas de pavo real, ese año 85 de suma tristeza en España, año de hambre que imprime virtudes forzosas a mi delicada protagonista, Rosita, que se queda soltera a través de treinta otoños de espera y melancolía.
El novio de mi protagonista se marcha a Tucumán y ven a través de su ignorancia geográfica un Tucumán ahogado por amarillos bosques de toronjas, con los tejados llenos de faisanes, un paisaje cubierto de nubes enormes donde la riqueza es tan grande que tiene una torre de plata donde el aire canta una canción conmovedora, mucho menos dulce todavía que el español cantando de sus muchachas.
"Para llegar a Tucumán se necesitan cinco meses, nadie vuelve de allí", dicen las criadas."América es el castillo de irás y no volverás", comenta el botánico de la Universidad, estudiando las orquídeas colombianas de Mutis. "Rosita se queda en el poyetón", dice el banderillero de la esquina.

sábado, 20 de febrero de 2010

Adaptación de DOÑA ROSITA, LA SOLTERA O EL LENGUAJE DE LAS FLORES



En el año 1983 decido crear de la obra DOÑA ROSITA LA SOLTERA 0 EL LENGUAJE DE LAS FLORES un unipersonal.
Como el nombre de la obra lo indica, son las flores el elemento escenográfico fundamental, entendiendo que todo elemento debe encontrar su correlación dramática, decidí fijar esa correlación con el paso del tiempo.
En primer lugar trabajé sobre el autor, Federico García Lorca, en el sentido de conocer todo aquello que no tuviera que ver precisamente con su obra dramática, es decir su vida, su mirada sobre algunos aspectos y cuestiones que tienen que ver con la cultura y la literatura, sus amigos, los directores que en el mundo hicieron de su obra ejemplos de interpretación, algunos productos de esa búsqueda iré los publicándolos a continuación de esta nota, a modo de compartir e ir configurando el sentido de este blog, que tiene y tendrá casi todo de mi.
La gran preocupación fue, sin duda, que Lorca apareciera en toda su dimensión dentro de la adaptación. El lenguaje, su lenguaje, fue el camino para establecer el puente entre esos personajes ubicados en un lugar geográfico preciso y esta actriz ubicada geográfica, social y temporalmente a una distancia enorme y que, a primera vista podría parecer imposible de resolver.
Se plantea entonces el problema de la convivencia entre el autor y su obra y la adaptación y su identidad. Digo convivencia, es decir que omito contradicción entre ambos aspectos, que sí las hubo, pero digamos que dejo el tema para responder, en todo caso, a algún lector que se interese sobre el tema. Esto se puede resumir en una idea central: yo no quería reescribir la obra, yo quería que Federico se pusiera contento, se sonriera y se divirtiera, allá donde estuviera, con lo que estaba haciendo este pobre manojo de huesos y carne y dolor, que no sé por qué aún estaba ocupando un lugar en el espacio real, verdadero y tangible como él y mis compañeros no podían hacerlo, siendo ellos tan necesarios, tan imprescindibles para la vida y los sueños, para la patria y mañana.
Este compromiso se convirtió en el aspecto filosófico de mis trabajos y como tal, fue atacado, ignorado y desechado por todo grupo institucional o de poder donde se presentara en alguna forma.
Si bien era conocido por mí que uno construye con los elementos que dispone, esta afirmación siempre mereció mi desprecio, pensando en aquellas mamitas que alimentan y educan a sus hijos de la nada más nada, en la carencia total, inventando puchero de puchero; el verdadero sabor está en crear desde la nada, sobre todo cuando de estómago no se trata.
Y así surgió la estructura dramática de la adaptación.
Mantuve el orden de los actos convirtiéndolos en un solo. Mantuve el perfil psicológico de los personajes y sus textos –a veces recortándolos, pero nunca incluyendo texto propio- y tomé al Ama como personaje eje, central que recorre toda la obra y marca el verdadero paso del tiempo. El Tío y el Novio o Primo de Rosita no debían aparecer físicamente, al primero se lo referencia y en el poema de la Rosa Mutabilis lo dije durante años de espaldas al público, pero en la última puesta se lo hice decir a alguien no actor, en off. (Subo esa grabación en www.poderato.com/trabalenguas por si la quieren escuchar). En cuanto al Novio resultaba imprescindible su presencia en el momento de su partida a Tucumán. Por eso existen las luces en el teatro, cuando de sala se trata, y las máscaras y fijación del espacio para el aire libre. Convengamos que un paño puede ser una máscara.
Se me presentaba la dificultad con Las Manolas, Las Solteronas Cursilonas y Las Ayola, que van en número de tres.
En el caso de Las Manolas, en el poema de Granada recordemos que son tres y cuatro (las tres y las cuatro solas). ¿Qué hacer cuando hablan Las Manolas? Hablan en diferentes espacios de la escena, con diferentes tonos de voz e intensidad de movimiento. ¿Y cuando habla Rosita?, Bueno, ella lo hace desde público.
Las Solteronas Cursilonas unifican el texto pero siempre en plural, repitiendo en algunos momentos determinadas palabras tres veces.
Las Ayola utilizan el mismo recurso, pero en actitud exactamente opuesta a las desopilantes Solteronas Cursilonas.
El paso del tiempo ocupa un lugar de privilegio en la obra, por eso las ropas que usan los personajes están en escena flotando o en lugares elevados y se despojan en escena cayendo en el piso.
Muchas veces el Ama y el Señor X en su totalidad, se dirigen al público invocando su opinión acerca de determinadas cuestiones.
Rosita. ¡Ahhh, Rosita! Rosita comienza en la obra en brazos del Ama, corporizada en un pañuelo que se despliega y vuela a lo largo del relato de su crecimiento expresado en el poema.
Recuerdo que cuando ensayaba esta escena y acunaba el pañuelo, mi niña corría a abrazarse en mi cuerpo y me pedía estar en mis brazos. Y allí tomaba la dimensión del valor de lo que quería expresar, me llenaba de felicidad y alegría.
El Final: El monólogo de Rosita, en la recta final de su vida, comprende el último acto de la adaptación. Rosita cuenta el trayecto de sus sentimientos a lo largo de su vida en medio de los sombreros, máscaras, ropas y flores caídas sobre el escenario. Esto, además, me ayudaba a ralentar el movimiento, para no tropezar con los elementos y caer accidentalmente, ya que mi cuerpo venía acelerado por el ritmo de los cambios. Sobre el final de su relato, cuando ya no tiene más nada que decir con respecto a lo pasado, esta Rosita no dice basta, aúlla basta y entra en crisis. La crisis pasa y da lugar a la reflexión. Entonces Rosita sale de la escena convencional, habla entre y con el público, lo interpreta, lo comprende y le asegura que va a dar vuelta el destino mediocre y fatal que la sociedad le ha destinado: "Usted se está acordando de su hermana, la solterona. Solterona como yo, era agria y odiaba a los niños y a todo lo que se ponía un traje nuevo. Pero yo no seré así. Le pido perdón."
Ella será, por Federico: Soltera, apenas un estado civil de la sociedad burguesa, negándose a ser clase, casta, estigma que esa misma sociedad mediocre y pacata quiere instalar como pantalla que oculta el verdadero drama de los pueblos.
Esta adaptación fue estrenada un día de febrero de 1984 en el Parque Lezama. En otro momento me referiré a esa experiencia, todo el recorrido escénico, diferentes puestas y sus dificultades.

La foto corresponde a una actuación espontánea sobre Avenida Sáenz en el año 1993, en homenaje a Teresa Pastorello, compañera y amiga, de quien aprendí a luchar en solidaridad por el arte, la cultura y la identidad nacional. Su presencia nos fue arrebatada y realicé esta actuación, interceptando a la gente que caminaba por la avenida con los textos de ROSITA… sólo para no hundirme bajo la tierra, acompañada de algunos valientes casi anónimos como quien tomó esta y otras fotos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

CAPERUCITA ROJA


Mis primeros años de escuela primaria fueron bastante accidentados.Ya en el Jardín de Infantes estaba con frecuencia en penitencia, por no mencionar la aventura de haberme ido con un compañerito a su casa sin el permiso de mi madre. Sí, me fui sin permiso a la casa de Jorge Ligaluppi que era el nene más lindo y bueno que jamás haya conocido, pero, teniendo en cuenta que entonces tenía cinco años, a lo mejor no era tan lindo ni tan bueno. Claro que nada de esto importaba –y así ocurriría siempre en mi vida- porque la justificación de la decisión estaba en ese momento preciso en que la idea aparecía, tomaba cuerpo y fuerza y se hacía irrevocable, así que cuando mi madre dijo que no, que no había permiso para ir a la casa de Jorge Ligaluppi, a mí no me importó y la siguiente vez que me invitó yo fui con él a su casa, donde tomamos chocolatada y estuvimos viendo los pájaros que había en una gran jaula en el patio de su casa, hasta que alguien me vino a buscar para llevarme hasta donde me esperaba mi madre con una mezcla de furia y desesperación. Recuerdo que cuando mi madre pasaba por esos momentos, yo no caminaba por la vereda, iba por el cordón, haciendo equilibrio, pensando cosas que ahora no puedo recordar.
Primer grado no se diferenció demasiado del Jardín de Infantes, en lo que se refiere a conducta, se ve que me costaba comprender eso que llaman comportamiento social, siempre estaba en el lugar equivocado o diciendo precisamente aquello que había que callar. Sin embargo ocurrió algo que hizo que empezara a escuchar a la maestra y ¿por qué no? a verla: Me eligió para decir un poema por Radio Nacional (la única emisora que había por entonces en Santa Rosa), recuerdo que era invierno porque mi madre se había puesto el tapado de piel y estaba entre el público, en la plaza principal de la ciudad. Era un acto importante, estaba la Banda de Música de la Policía Federal y mucha gente. La maestra estaba sonriente y radiante, me llevó a un escenario improvisado desde donde se transmitía el acto y cuando fue mi turno tuvieron que alzarme porque no llegaba al micrófono. La experiencia me gustó mucho y cuando me encontré con mi madre le pregunté si le había gustado, pero ella me dijo que no escuchó bien porque yo había hablado muy bajo. Muchos años después, luego de un examen final de Arte Dramático, le pregunté a una compañera qué opinaba de la escena que habíamos representado con mi compañero, ella respondió: "no se escuchaba, tu tono era muy bajo". Pero en el barrio todos me habían escuchado y en ese examen obtuve por calificación un diez.
Ya en Segundo grado creo que había madurado algo, porque no recuerdo penitencias. Sólo que un día la maestra me pidió que me quedara en el aula mientras mis compañeros se iban al recreo. La maestra se sentó a mi lado y muy tranquila, suavemente, empezó a pasar la hojas de mi cuaderno y me las mostraba a la vez que me preguntaba que opinión tenía yo de lo que veía. Lo que veía lo recuerdo muy bien, todo era manchones, trabajos sin terminar, agujeros de tanto borrar. Para algunos casos tenía explicación, pero para la mayoría no. Entonces la maestra me preguntó qué pasaba en mi casa, si había algo que no estaba bien. Y yo le conté. La maestra me dijo que ese mes en el boletín iba a sacar insuficiente, pero que si yo ponía empeño me iba a ayudar y podíamos evitar repetir el año. Entonces citó a mi madre para hablar con ella. No recuerdo lo que le dijo, pero ese día volvimos a casa, ella y mi hermano por la vereda y yo por cordón.
Pero la sorpresa vendría unos meses más tarde, cuando la maestra me llamó al frente y delante de todos mis compañeros dijo que en la escuela, para el acto de fin de año, se iba a representar Caperucita Roja y que la Caperucita iba a ser yo. Todos mis compañeros se pusieron contentos y aplaudieron.
Los actos de fin de año de la escuela Número 2 eran muy importantes, asistían a ellos no sólo la comunidad educativa, también iban los vecinos.
Día a día superábamos junto con la maestra todas las dificultades,"que mi mamá no sabe cómo hacer una caperuza", "que no tiene tiempo para venir a buscarme a los ensayos". La Señora de Porras iba para adelante y la obra tomaba cuerpo. El Lobo Feroz, lo recuerdo muy bien, era su hijo.
A medida que la obra avanzaba íbamos teniendo más público en los ensayos, otras maestras, los porteros, la directora.
Un día paré el ensayo y dije que el Lobo Feroz no estaba bien, que tenía que asustarme, entonces todos me preguntaron cómo tenía que hacer. Y ahí desplegué todos los conocimientos que había adquirido en las artistadas con mi tío Osvaldo. El ritmo, los gestos, el movimiento. Lobo Feroz seguía las indicaciones con gran facilidad para alegría de todos los presentes.
Y llegó el día de la representación. El patio estaba colmado por el público. Salimos a escena y yo sentí…, ahí sentí por primera vez que volaba, como si se hubiera modificado la fuerza de gravedad. Tenía siete años.
Al finalizar todo el acto, la maestra me entregó el boletín. Yo no miré si había pasado de grado, miré las observaciones, la señora de Porras había escrito:"¡Que seas muy feliz Caperucita Roja!"
Durante muchos años, en las calles de Santa Rosa me decían "Caperucita Roja" y yo me llenaba de orgullo.

domingo, 7 de febrero de 2010

Los Unipersonales



La vida de una madre sola es muy dura. Es más dura que la vida de cualquier otra madre porque todo lo tiene que hacer y resolver ella en soledad con sus únicas dos manos y dos piernas, con ese solo cuerpecito que sostiene a otro, tibio y enorme en tanto su proyección humana.
A 27 años de haber nacido mi hija hablo de enormidad porque recuerdo aún el aroma de su piel y mi deseo y preocupación por que ese aroma no le cambiara jamás, que mantuviera su decisión de vivir, de erguirse, de mirar y sonreir, de asombrarse y brindarse y tantas cosas más que no podría en un día contarlas a todas.
Si digo 27 años estoy dando un dato referencial que es nada más y nada menos que mi hija nació inmediatamente después de la derrota de Malvinas y como consecuencia de ello del ocaso de la dictadura. En diciembre de 1982 comenzaron a salir de las cárceles, con libertad vigilada, los pocos sobrevivientes presos de la demencial dictadura y se fijó fecha para las primeras elecciones que serían en octubre del año siguiente.
Es decir que recomenzaba una historia interrumpida a fuerza de sangre, tortura y persecución. Pero los daños económicos, sociales y políticos infligidos por esta dictadura serían tan grandes que aún hoy seguimos sintiendo sus efectos. Por lo que volver a la militancia fue bastante complicado. Los mejores compañeros ya no estaban, otros se iban a construir nuevas estructuras políticas y algunos, como yo, manteníamos nuestro compromiso ideológico con el peronismo pero no con los dirigentes.
Era para mí la hora del teatro.
Pero estaba sola, increíblemente sola (como decía Enrique Santos Discépolo en Martirio). Así que leía, estudiaba, releía, escribía algo y volvía repensar en mis largas noches silenciosas y fines de semana sin amigos porque todos estaban ocupados en recuperar la democracia y compartíamos breves momentos, donde intercambiábamos opiniones, pero siempre nos faltaba tiempo. Sin embargo cuando tuve mi primer trabajo completo allí estuvieron Norma Gentileschi, Alejandro Bazán, Teresa Sosa y otros para dar las puntadas finales.
Tuve en ese tiempo de mi dulce bebé, que aumentaba llamativamente su vocabulario y habilidades, una cercanía muy fuerte con la literatura de Federico García Lorca. (He subido en www.poderato.com/trabalenguas algunos de sus poemas por mí interpretados algunos años después de esta época a la cual me estoy refiriendo). Federico empezó a ser otro amigo que entraba en mi vida ideal como estaban otros amigos que sabía no iba a ver, ni tocar, ni escuchar más porque como a él los habían asesinado.
De toda su obra, me quedé con una: "Doña Rosita, la soltera o el lenguaje de las flores" y trabajé sobre ella durantes muchos largos meses para poder hacerla yo sola, manteniendo la estructura dramática y texto original a través de siete personajes. Y así generé mi primer unipersonal de una lista que incluye "Un Guapo del 900" de Samuel Eichelbaum, "La Señorita Julia" de August Strindberg y "Torito", cuento de Julio Cortázar. Uno a uno los relataré en este blog, que no es más que el relato de mi vida en circunstancias dadas y relacionada específicamente con el teatro.



jueves, 4 de febrero de 2010

Teatro, Maternidad y Sociedad


A través del tiempo me fui dando cuenta que había al menos dos clases de actores. Y para no ser mezquina voy a decir: dos clases de artistas.
Hay quien vive de un modo, porque su realidad económica, social, y de clase –si se quiere- así se lo designa, pero se conduce en su “carrera artística” de modo exactamente de forma opuesta a esa realidad cotidiana que le ha sido dada para ser vivida.
Alguien dijo que uno es por lo que hace y hace lo que es.
Esto es evidentemente una construcción filosófica, cuestión que en este blog no voy a tratar en forma directa, salvo que algún lector quiera hacerlo.
El día 10 de julio de 1982 nació mi hija María Victoria. Antes de que ella naciera yo me había preguntado si iba a ser capaz de dejar por ella todo lo que me apasionaba. Y me contesté que sí, que por ella era capaz de dejar el teatro, la política, los bares, los muchachos y qué se yo cuántas cosas más. María Victoria nació y se llamó María por un error mío al llenar la planilla de inscripción en el Registro Civil, yo quería que se llamara solamente Victoria, porque era mi victoria en el aspecto afectivo, pero me equivoqué, por identificación seguramente y cuando comencé a llenar el formulario escribí María e iba a seguir con Concep…, pero me avivé a tiempo, y dije, bueno que se llame María también, María como yo.
Ya es evidente que la tuve sola. Es decir soltera.
A los seis meses de María Victoria ella iba a su jardín maternal y yo a mi trabajo, todos los días, en el mismo colectivo, en la misma esquina, en el mismo barrio, con los mismos vecinos.
Entre tantas cosas que pasaron en esos seis meses escribí una obra de teatro para niños.
Y se la mostré a una de sus maestras.
Y esa una de sus maestras, Azucena Villegas, después de leerla dijo que era posible y quiso hacerla conmigo.
Actualmente creo que Azucena se merecía otra obra, pero ella era mucho más gitana que yo, así que puso todos sus valores, ensayó, creó, y hasta consiguió una gira por la provincia de La Pampa.
Hicimos pié en Realicó, donde vivían sus padres.
Y fuimos a representar la obra a muchos pueblos cercanos de la provincia.
Se puede decir que nos fue bien, por cómo nos trataron, porque no perdimos un centavo, por muchas razones.
El hecho es que yo a la noche no podía dormir, pensaba en mi hija que se había quedado en Buenos Aires y entonces me venía un llanto, una bronca, un dolor que todavía hoy no puedo mensurar, en esos momentos tomaba la almohada y tapaba mi boca con ella y descargaba todo ese mi llanto, mi angustia, pensando que así los sofocaba.
Una mañana, mientras desayunábamos, la madre de Azucena me hizo un montón de preguntas. Nunca voy a olvidar este tramo del interrogatorio:
-Vos tenés que pensar muy bien lo que querés hacer.
-¿Por qué?
-Porque así, llorando toda la noche no vas a llegar a ningún lado.

Vaya cuestión. Debía encontrar el modo de no llorar.

Había que dejar de llorar para continuar.Y continuando es como dejé que los llantos no se adueñaran a su gusto y antojo de toda mi vida.

martes, 2 de febrero de 2010

El viento y las sombras


1961 fue el año en que mi padre se fue de mi casa y nunca más volvió. Ahora que recuerdo su partida desde mis 53 años, me doy cuenta que se fue lleno de violencia, porque claro, sólo con una gran violencia se puede cortar así como así y de una sola vez, sin anuncio, sin preámbulo, sin anestesia, con una vida donde al menos se tiene dos hijos.
Pero no es aquí dónde voy a hablar de este hecho de mi vida. Sólo que no podría seguir escribiendo esta serie de anécdotas que relacionan al teatro con mi vida, si no hablara de mi padre, quien tuvo la propiedad de hacerme creer que todo es más o menos posible.
Es posible escribir y leer antes de conocer las letras. Es posible ver una película sangrienta y de terror a los cuatro años si sabés que todos esos muertos destripados son en realidad muñecos especialmente preparados para hacer tal o cual escena. Es posible tener una estrella aunque mamá diga que los zapatos están rotos. Es posible hacer un barrilete durante todo un día y a la mañana siguiente dejarlo ir por el aire, casi como por un descuido. Es posible hacer muñecos y animales y hasta contar una historia con la sombra de las manos. Es posible hablar de muchas y diferentes maneras. Es posible ser otro además de lo que uno es.
Todas estas posibles cosas y muchas más se quedaron para siempre adentro mío a partir de que él me lo fue demostrando y no sentí que se las llevara el día que se fue. Se llevaría otras que, como ya dije, no vienen al caso.
Pero su partida me dejó otras cosas.
Una de esas cosas era el cuchicheo de las vecinas acerca de su partida.
-No hables más con ellas, mamá.
Ese cuchichear retumbaba en mi cabeza y me daban ganas de llorar, pero no, no lloraba, sólo me alejaba para no escucharlas más. A medida que me alejaba me daba vuelta para verlas, esperando que ya se hubieran ido adentro de sus casas a cumplir con el ritual de la cena. Mi madre y mi hermano permanecían con ellas integrando el cuchicheante coro. Entonces, me alejaba otro poco más, y más.
Un día llegué al centro de la calle, justo donde estaba el farol de la luz pública y ví reflejada mi sombra en la calle, era un día de mucho viento así que mi sombra se alargaba y achicaba, como si tuviera vida propia. Fue un hermoso descubrimiento. Me puse a hacer piruetas bajo el farol y ya estaba allí el señor Ferratjans con su carro de lechero donde una vez me dejó entrar para que lo viera por dentro, ahora es el tren que lleva de regreso a Buenos Aires, pero enseguida llegan los payasos del circo que se van porque el ruido de la moto de Pedro Ganora los asusta y yo los saludo porque voy en la parte de atrás de la moto de Pedro, que me hace bajar porque me han traído la bicicleta que tanto quiero y es una bicicleta especial porque puedo volar con ella…
Y me alejo tanto que apenas escucho a mi madre y a mi hermano que me llaman para que vaya a cenar.
Sucedió que un día no pude escucharlos más, me había ido lejos, pero tan lejos, que al darme vuelta apenas si pude distinguirlos y ya no pude volver, entonces sí, recién entonces lloré, pero el viento en su ráfaga envolvente secó mi lágrimas y en ese brevísimo instante en que se apagan las luces del escenario –dando fin a la obra- me pareció ver la sombra de mi padre que aplaudía entre el público.