Mis primeros años de escuela primaria fueron bastante accidentados.Ya en el Jardín de Infantes estaba con frecuencia en penitencia, por no mencionar la aventura de haberme ido con un compañerito a su casa sin el permiso de mi madre. Sí, me fui sin permiso a la casa de Jorge Ligaluppi que era el nene más lindo y bueno que jamás haya conocido, pero, teniendo en cuenta que entonces tenía cinco años, a lo mejor no era tan lindo ni tan bueno. Claro que nada de esto importaba –y así ocurriría siempre en mi vida- porque la justificación de la decisión estaba en ese momento preciso en que la idea aparecía, tomaba cuerpo y fuerza y se hacía irrevocable, así que cuando mi madre dijo que no, que no había permiso para ir a la casa de Jorge Ligaluppi, a mí no me importó y la siguiente vez que me invitó yo fui con él a su casa, donde tomamos chocolatada y estuvimos viendo los pájaros que había en una gran jaula en el patio de su casa, hasta que alguien me vino a buscar para llevarme hasta donde me esperaba mi madre con una mezcla de furia y desesperación. Recuerdo que cuando mi madre pasaba por esos momentos, yo no caminaba por la vereda, iba por el cordón, haciendo equilibrio, pensando cosas que ahora no puedo recordar.
Primer grado no se diferenció demasiado del Jardín de Infantes, en lo que se refiere a conducta, se ve que me costaba comprender eso que llaman comportamiento social, siempre estaba en el lugar equivocado o diciendo precisamente aquello que había que callar. Sin embargo ocurrió algo que hizo que empezara a escuchar a la maestra y ¿por qué no? a verla: Me eligió para decir un poema por Radio Nacional (la única emisora que había por entonces en Santa Rosa), recuerdo que era invierno porque mi madre se había puesto el tapado de piel y estaba entre el público, en la plaza principal de la ciudad. Era un acto importante, estaba la Banda de Música de la Policía Federal y mucha gente. La maestra estaba sonriente y radiante, me llevó a un escenario improvisado desde donde se transmitía el acto y cuando fue mi turno tuvieron que alzarme porque no llegaba al micrófono. La experiencia me gustó mucho y cuando me encontré con mi madre le pregunté si le había gustado, pero ella me dijo que no escuchó bien porque yo había hablado muy bajo. Muchos años después, luego de un examen final de Arte Dramático, le pregunté a una compañera qué opinaba de la escena que habíamos representado con mi compañero, ella respondió: "no se escuchaba, tu tono era muy bajo". Pero en el barrio todos me habían escuchado y en ese examen obtuve por calificación un diez.
Ya en Segundo grado creo que había madurado algo, porque no recuerdo penitencias. Sólo que un día la maestra me pidió que me quedara en el aula mientras mis compañeros se iban al recreo. La maestra se sentó a mi lado y muy tranquila, suavemente, empezó a pasar la hojas de mi cuaderno y me las mostraba a la vez que me preguntaba que opinión tenía yo de lo que veía. Lo que veía lo recuerdo muy bien, todo era manchones, trabajos sin terminar, agujeros de tanto borrar. Para algunos casos tenía explicación, pero para la mayoría no. Entonces la maestra me preguntó qué pasaba en mi casa, si había algo que no estaba bien. Y yo le conté. La maestra me dijo que ese mes en el boletín iba a sacar insuficiente, pero que si yo ponía empeño me iba a ayudar y podíamos evitar repetir el año. Entonces citó a mi madre para hablar con ella. No recuerdo lo que le dijo, pero ese día volvimos a casa, ella y mi hermano por la vereda y yo por cordón.
Pero la sorpresa vendría unos meses más tarde, cuando la maestra me llamó al frente y delante de todos mis compañeros dijo que en la escuela, para el acto de fin de año, se iba a representar Caperucita Roja y que la Caperucita iba a ser yo. Todos mis compañeros se pusieron contentos y aplaudieron.
Los actos de fin de año de la escuela Número 2 eran muy importantes, asistían a ellos no sólo la comunidad educativa, también iban los vecinos.
Día a día superábamos junto con la maestra todas las dificultades,"que mi mamá no sabe cómo hacer una caperuza", "que no tiene tiempo para venir a buscarme a los ensayos". La Señora de Porras iba para adelante y la obra tomaba cuerpo. El Lobo Feroz, lo recuerdo muy bien, era su hijo.
A medida que la obra avanzaba íbamos teniendo más público en los ensayos, otras maestras, los porteros, la directora.
Un día paré el ensayo y dije que el Lobo Feroz no estaba bien, que tenía que asustarme, entonces todos me preguntaron cómo tenía que hacer. Y ahí desplegué todos los conocimientos que había adquirido en las artistadas con mi tío Osvaldo. El ritmo, los gestos, el movimiento. Lobo Feroz seguía las indicaciones con gran facilidad para alegría de todos los presentes.
Y llegó el día de la representación. El patio estaba colmado por el público. Salimos a escena y yo sentí…, ahí sentí por primera vez que volaba, como si se hubiera modificado la fuerza de gravedad. Tenía siete años.
Al finalizar todo el acto, la maestra me entregó el boletín. Yo no miré si había pasado de grado, miré las observaciones, la señora de Porras había escrito:"¡Que seas muy feliz Caperucita Roja!"
Durante muchos años, en las calles de Santa Rosa me decían "Caperucita Roja" y yo me llenaba de orgullo.
1 comentario:
Siempre tan fresca y divertida y dramatica en tus relatos. Me sacaste una linda sonrisa...Caperusita Roja...bello
VIVIANA
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