
El autor sólo conoce en parte el sentido o los sentidos que alcanzará su obra. Y ello no sólo porque en su creación han mediado materiales subconscientes y ambiguos, cuya dimensión se le escapa, sino sobre todo porque irremediablemente, cada época, cada ideología, cada director de escena e, incluso, cada espectador, según las circunstancias, verán la obra de un modo distinto. Si esto puede decirse de un texto literario, que, pese a permanecer "objetivamente" igual, va cambiando según cambia el punto de mira, tanto más hay que asegurarlo del teatro, que tiene ya en el paso texto-escenario, imprescindible para nacer como tal teatro, una mediación recreadora fundamental, No es sólo –por entrar ya en el punto concreto- que el público de hoy, situado ante el montaje de la Xirgu, entendería Doña Rosita la soltera de modo distinto a como lo hicieron los críticos y espectadores de entonces, sino que la representación de Doña Rosita la soltera jamás podría ser hoy igual que ayer. Entre Federico y Lavelli, entre Margarita Xirgu y Nuria Espert, entre los españoles del 35 y los del 80, media una experiencia histórica y cultural que forzosamente ha de incidir en el entendimiento de Doña Rosita, en el modo de representarla y de recibirla.
Lo cual no es decir que las nuevas versiones traicionan a las antiguas. En el teatro español de los años treinta hay cientos, miles de obras a las que nadie quiere descubrir ninguna nueva perspectiva, ningún nuevo sentido. Si Doña Rosita la soltera nos interesa hoy de un modo distinto –quizá- a cómo interesó en el estreno, el cambio aparece entre nosotros sin la menor violencia, fruto de la profundización en determinados puntos, por lo general detectados por los primeros espectadores y críticos de la obra, aunque con una ligereza que contrasta con el énfasis que hoy ponemos en su importancia.
Bien mirado, ése es el poder de los clásicos, no tanto el de transmitir un contenido, preciso a través de las generaciones y los tiempos, como el de ofrecer una obra que permite, a partir de ella misma, sin violentaciones externas, crear relaciones, inevitablemente distintas, con los intereses de épocas sucesivas, Cuando período "no descubre nada nuevo" en su obra, y se limita a contemplarla a través de los análisis y de los juicios ya establecidos, puede decirse que esa obra empieza a dejar de ser clásica, es decir, contemporánea. Su presumible destino es, primero, el museo de los libros eruditos; a la larga, el olvido.
La Visión de Lavelli (fragmento) José Monleón – Revista del Centro Dramático Nacional de España, 1981.
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