
Alocución Argentina,pronunciada desde Madrid para Radio Prieto de Buenos Aires en 1935. Recogida en
Alocuciones Argentinaspor la fundación García Lorca en 1985. Publicada en Diario Clarín, Sección Cultura y Nación, Buenos Aires, 26 de marzo de 1987.
Queridos radioyentes de la República Argentina
Sólo por dirigiros la palabra, por voluntad del amor, he venido de mi casa de Granada a este estudio atravesando la Sierra Morena, coronada de nobilísimas encinas, entre ráfagas de plomo y pisando la Mancha de don Quijote, donde un cielo de vino y una tierra de grandes nubes, en increíble enlace, son los dos elementos propicios para la realidad del sueño y la vida del fantasma, en el espejismo más grande de la literatura española.
Yo venía pensando en la Argentina y en Buenos Aires, llanura despoblada, llanura para nuevas alegrías, donde las hierbas forman un diminuto griterío de esperanza, llanura para el niño y la pura fuente de agua simple; yo venía pensando en la Argentina por esta u otra llanura poblada de endriagos, llanura donde por vez primera la vid de Baco se hace sangre de Cristo, llanura para la osamenta del caballo, por esta llanura de las lágrimas que es la Mancha de Ciudad Real.
¿Qué les llevo? ¿Qué les doy a mis amigos y radioyentes de la Argentina?
Cada día que pasa huyo con más angustia de lo artificioso, para entregarme a una sencillez que ansío en todos mis actos y en toda mi obra, y que me hace buscar la expresión vital con toda la mayor frescura que puedo captar en el vuelo misterioso de la poesía y la naturaleza. Esta ansia, este deseo me lleva a huir de toda retórica fácil, de todo juego de palabras, de todo ese espantoso vacío que tienen las charlas y los discursos de banquete, donde siempre vemos llorar a ciertas gentecillas que no se conmueven con el terrible espectáculo del mundo actual y derraman sus odiosas lágrimas de cocodrilo sobre pañuelos baratos perfumados con la retórica de modistas literarios y demás reptilitos.
Yo soy un poeta y necesariamente tengo que leer versos, alegres o tristes, pero siempre compuestos humildemente, con el deseo de que cruce por ellos un rumor de sangre viva, de aire vivo, que los haga dignos de la atención de ese espectador de fe que siempre espera.
Aquí, en este estudio, ante el micrófono que ha de llevar mi voz a un hermoso país que quiero, y por el que siento el agradable y triste escozor de la nostalgia, vestido con un traje argentino y una camisa azul comprada en la calle Esmeralda, lo más sincero, lo más vivo que puedo ofrecer a los radioyentes que tienen la amabilidad de escucharme es una escena de un poema teatral granadino que acabo de escribir.
Se titula Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. Es un drama para familias, que yo titulo, el gran drama poético de la cursilería que culmina en el novecientos con la media negra del can can, el bis a bis, la guajira y las terribles esmeraldas de la Otero brillando como farolitos de verbena en los ojos rubios del viejo Príncipe de Gales. Es el encanto de una época cuyo arte califica mi encantador amigo, el gran Salvador Dalí, de arte comestible, donde el merengue tiene una categoría angélica y los libros y las fachadas y los pechos enormes de las señoras se llenan de libélulas, de girasoles, de abejas, de matas de pelo que terminan en espadas, y donde los botijos son cabezas torturadas o las cabezas fulgurantes con verdes viscosidades de medusa.
El poema empieza en el año 85, ese año en que el aire de la Argentina está todavía turbado por las desaparecidas peinetas nacionales, inmensas como colas de pavo real, ese año 85 de suma tristeza en España, año de hambre que imprime virtudes forzosas a mi delicada protagonista, Rosita, que se queda soltera a través de treinta otoños de espera y melancolía.
El novio de mi protagonista se marcha a Tucumán y ven a través de su ignorancia geográfica un Tucumán ahogado por amarillos bosques de toronjas, con los tejados llenos de faisanes, un paisaje cubierto de nubes enormes donde la riqueza es tan grande que tiene una torre de plata donde el aire canta una canción conmovedora, mucho menos dulce todavía que el español cantando de sus muchachas.
"Para llegar a Tucumán se necesitan cinco meses, nadie vuelve de allí", dicen las criadas."América es el castillo de irás y no volverás", comenta el botánico de la Universidad, estudiando las orquídeas colombianas de Mutis. "Rosita se queda en el poyetón", dice el banderillero de la esquina.
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