
En el curso de una conversación, el gran poeta español Rafael Alberti me decía que García Lorca sentía una especial admiración por Chejov y, más específicamente, por El jardín de los cerezos. Alberti, que había sido uno de sus amigos más cercanos, agregaba que Federico había querido escribir "un jardín de los cerezos español", como otros sueñan con re-interpretar los mitos antiguos. Estas palabras ayudaron a confirmar lo que yo pensaba de esta tragedia sin muertes, de esta comedia de la vida Kitsch y pequeño burguesa de principios de siglo.
En efecto, las analogías entre las dos obras son evidentes, aún si el vocabulario dramático no es el mismo. En primer lugar, en el estilo; una pintura de la realidad sin concesiones al naturalismo; una singularidad común para delinear un personaje y para hablar de sus frustraciones de una manera tal que permite, por medio del humor, ya sea criticarlo, ya sea definir con precisión su pertenencia socio-política. Un dibujo global, finalmente, acerca de las dos obras: una cierta burguesía despreocupada o alimentada por una inconciencia simpática contempla, impotente, los deshechos que produce el paso de la historia. El tiempo, ese testigo neutro de la existencia, va a marcar a unos y a otros con su vertiginosa marcha. Y ya nada será parecido o, al menos, nada podrá ser vivido de la misma manera.
Del lado de Lorca, este viento de la historia pasa por una España que sufre el retroceso de su poder colonial con la derrota que este fin de siglo le infligiera en el Caribe, en las Filipinas y en Hawai. Pasa, también por lo acontecimientos políticos que la nueva república española está viviendo: la euforia de la esperanza y de la libertad recobrada, y el entierro del antiguo régimen.
Doña Rosita es la última obra de Federico (1935): unos meses más tarde el poeta sería asesinado en Granada natal por la falange franquista. Una era de oscurantismo cultural y político se abate sobre España. Y a la luz de una serie desenfrenada de fracasos que se suceden en la historia española desde la segunda mitad del siglo XIX que Doña Rosita toma un carácter alegórico y marcadamente simbólico. Como las Tres Hermanas de Chéjov, que sueñan con un "más allá" mejor repitiéndose la esperanza de partir para Moscú, los personajes de Doña Rosita se encaminan hacia un "más allá" imprevisible. El tiempo de la ilusión ha dejado su lugar al de la realidad, a la cual habrá que hacer frente de una vez por todas para sobrevivir. El cuento de hadas ha terminado, el tiempo de la madurez está ante nosotros.
Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores es a la vez una obra "intimista" (obra "para familia", decía Lorca) y una obra de carácter social. El tema del celibato se encuentra en el centro de la anécdota, pero el tiempo y la espera son sus complementos determinantes. Y es utilizando la espera como un componente dramático, que el tiempo asume plenamente su papel histórico.
En el centro de nuestra historia, tres personajes, tomados de la tradición teatral española de principios de siglo, llevan adelante la acción: la Nodriza, desenvuelta y generosa; la Tía, comprensiva y tolerante; finalmente, un Tío, sostén de base de la estructura familiar. Todo contribuye, al comienzo, a situar a estos animadores en la más convencional de las fórmulas dramáticas, ya empleadas por los autores de principio del siglo, preocupados por ofrecer una idea armoniosa de la composición social de la burguesía. Apropiándose de su leyenda, Lorca los hace transitar por las aguas menos límpidas de la frustración. El destino que el poeta les reserva es más ambicioso y más digno, más real y más profundo. De ahora en más, dejarán de “representar” a la burguesía, para encarnarla totalmente en el marasmo de sus contradicciones y de sus prohibiciones.
En la estructura dramática de Rosita, el mundo exterior irrumpe en la vida de nuestra heroína. Este mundo gira y nos muestra los personajes que son representativos de los mitos lorquianos. Las Manolas, en el primer acto, se inscriben únicamente en un propósito a la vez poético y singular: allí se fijan la belleza sublimada y el mito de la mujer indescifrable y misteriosa. No resulta inocente el hecho de que Lorca trate la escena en versos rimados. Y el mismo tratamiento será infligido a la escena del adiós entre el Novio y Rosita: Algunos versos le permiten inscribir esta única escena de amor en un plano más mítico que carnal: el amor permanecerá así como una ilusión adolescente y un juramento imposible. Rosita, como Madame Butterfly, podrá soñar, sin revivirlo, este momento de gracia amorosa que él, Lorca-creador, le concede.
A partir de este momento, la realidad hará su aparición bajo formas terrenales y más satíricas, pero no por ello menos míticas: las viejas doncellas casamenteras; la madre absolutista; la nueva generación nov, el profesor de economía, afrancesado y cegado por la industria naciente. Todos ellos son "tipos" de una época con la que hay que contar para hacer un mundo.
En el tercer acto, treinta años más tarde, Rosita persiste en su espera ilusoria y entonces, más que nunca, la realidad penetra en su sueño y lo fractura. Enfrentarse al resultado es más penoso que marginar su existencia. Finalmente, en este sueño de impotencia, habremos vivido una página de historia cuyo anacronismo no resulta un prejuicio contra su permanencia.
Esta puesta en escena ha tratado de darle lugar a todos los valores enunciados, sin perder de vista lo que para el poeta fue el punto de partida: la pintura de una burguesía que se jacta de su fineza y de su buen gusto, pero que raya en lo ridículo: Y es allí donde la gracia del verbo lorquiano resulta incomparable, ya que, detrás de la sátira y del ridículo, se presiente una inmensa comprensión llena de amor y de generosidad. Lorca-crítico no olvida jamás al hombre ni al momento histórico que debe soportar, y sus personajes siempre se rescatan en esta misma dificultad para vivir. Dificultad que vuelve a evocarnos la sumisión de nuestros recuerdos a los pequeños hechos de nuestro pasado. La vida de un individuo, de un núcleo familiar, de una sociedad, estaría ligada así a sus momentos de esperanza, a sus momentos de angustia, y a sus momentos de decisión frente a este tiempo que nos es dado vivir.
El teatro de Jorge Lavelli , EL DISCURSO DEL GESTO – José Tcherkaski, Editorial de Belgrano, 1983.
1 comentario:
SERIA MARAVILLOSO...QUE VUELVAS CON DOÑA ROSITA...
VIVIANA
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