viernes, 21 de mayo de 2010

CUANDO DOÑA ROSITA SE FUE A LA HABANA CON UN GUAPO


En Junio de 1997 llegó la carta que venía de La Habana y nos avisaba que las dos obras propuestas para participar del 85 Festival de Teatro de La Habana habían sido seleccionadas. Marina Fernández fue quien trajo una tarde a mi casa aquella carta enviada por fax y firmada por Rolando Rodríguez López, Director Ejecutivo del Festival de Teatro de La Habana, que se realizaría entre los días 19 al 28 de septiembre del año que nos transcurría. Marina trajo la carta, una tremenda sonrisa y una botellita de caña Legui, entre las flautas, en su mochila.
Mil novecientos noventa y siete. Año del pleno ocaso del menemismo, año de luchas de obreros expulsados del trabajo –Cutral-có, Plaza Huincul, Tartagal, San Lorenzo, Cruz del Eje, la Carpa Blanca de los docentes…, año en que nos dejara Ricardo Carpani y Blas Alberti, año en que la convertibilidad y flexibilización laboral hacían subir los índices de mortalidad infantil, la precariedad laboral, el desempleo, año de elecciones y consolidación de la "Alianza" entre el Frepaso y la UCR.
Ni Marina Fernández, música y docente, ni yo, trabajadora precaria y teatrista escapábamos a las consecuencias de esta realidad social, económica y política de nuestro país. Así fue que la carta de Invitación Oficial al Festival fue celebrada, un poco con asombro y otro poco con una gran responsabilidad sobre nuestro trabajo y la nueva proyección que se nos presentaba.
No fue cuestión de hacer las valijas y partir. No, no. Desde la organización de nuestra precaria economía, hasta ensayar y ensayar una vez más, "dale, dale, otra vez" y hacer funciones donde sea y como sea, hasta pensar en los presentes que llevaríamos a Coralia Veloz, gran actriz cubana que nos hospedaría en su casa y la visa y los pasajes y mi hija. Ya Marina traía una nueva partitura, ya conseguía yo una nueva tela que tenía mejor color y movimiento.
Íbamos a trabajar en La Habana, Cuba.
Llevábamos dos adaptaciones en unipersonal cuya puesta incluía música en vivo, interpretada con Flauta Dulce por Marina Fernández, quien además hizo la selección y arreglos de todos los temas que iba a interpretar.
“Las Porteñeras” como quisimos llamarnos, nos íbamos a La Habana, Cuba.
Dos solitas, ignoradas y excluidas de todo sistema, institucional o de mercado. Dos solitas, ingeniosas y divertidas como el pueblo, que genera y regenera su propia historia de lucha, a veces tan solo para no morir. Dos solitas, llevábamos a La Habana, Cuba a “Doña Rosita, la Soltera o el lenguaje de las flores” de Federico García Lorca y a “Un Guapo del 900” de Samuel Eichelbaum, en adaptación unipersonal.
Dos solitas en los teatros de La Habana, Cuba. Dos solitas que sellaron para siempre la amistad con el pueblo de La Habana. CUBA.

Las obras que arregló e interpretó Marina Fernández con su flauta dulce, para esta adaptación, en La Habana fueron: "Adios Nonino", "Quant Ay lo non consirat", "La Baraja", "Isn’t it Romantic", "Tropidanza", "Misty", "1er. Movimiento de la Sonata en Fa Menor de Telemman", "A Division on a Ground".

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