viernes, 13 de noviembre de 2015

CABECITAS (relato breve)

Los cabecitas negras afloraron por toda la ciudad.

Fue cuando las chimeneas empezaron a derrochar su
humo actuante con las canoras sirenas
cual marco sonoro de una Argentina
que principiaba un cambio.

Floraban los cabecitas negras por La Boca, Pompeya,
Barracas, Parque Patricios y Mataderos.

Eran fabriqueros, albañiles y mecánicos.
Solían ser también mercachifles, afiladores y sastres,
peluqueros y enfermeros.

Vinieron de Alemania, España, Italia, Polonia, Ucrania.
Podían ser árabes, judíos, turcos...

LLegaban a Retiro del CHaco, Tucumán, Entre Ríos
                                                                                      y Corrientes.

La estación de Once los recibía desde Lincoln, Realicó,
Los Toldos, Suipacha y Baradero.

Y en Constitución bajaban a montones los que venían de
General Pringles, Bahía Blanca, Necochea, Bolívar...

Los cabecitas negras encontraron fácilmente a su líder sin
margen de error y ELLA los recogió en su pecho
y los llamó "mis descamisados".

LLenaban los cines y los teatros; las pizzerías,
los restaurantes y las tiendas; los trenes de primera clase,
                                                       las playas y las sierras.

Eran ruidosos, sudorosos, olorosos y celosos.

Familieros y lieros.

Pero los dueños de la manteca tirada al techo, los hombres y
mujeres educados, los propietarios de la vaca que iba en un barco
a Europa, los que llevaban sotanas y uniformes
y los que a veces se suicidaban,
       no los quieren en la ciudad.

No los quieren y ellos afloran sin prudencia.

Tampoco los quieren las esposas de los empleados de banco,
las patronas de las chicas con cama adentro,
las escritoras que se sienten europeas.

Entonces trajeron sus bombas, trazaron líneas divisorias,
estipularon sus prohibiciones, instalaron sus cárceles
y su promiscua clandestinidad,
impusieron sus titulares rimbombantes
y cercenaron las cuestiones inherentes a la humanidad.

Así, los cabecitas negras ya no floran la ciudad.

Lo que no consiguen los dueños de las subsidiarias,
los testaferros del imperio, los embaucadores nativos,
los profanadores de toda virtud,
es que los cabecitas negras, argentinos, bolivianos, chilenos,
paraguayos, peruanos
                                   y uruguayos...

        dejemos de germinar la Ciudad.

                                                             María Peña
                                                             "La Inferencia del Motivo y otros relatos de La Inferencia"

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