
¿Cuál es la medida de la pobreza? ¿Es acaso una cifra que sale publicada en los diarios?
Vengo a esta escuela a dar clases de teatro, tan alejada de donde vivo, tan diferente de todo lo que me circunda, negocios, calles, plazas, casas, vehículos, sonidos, colores, voces. Todo es distinto a lo que yo habito, transito, conozco, veo, escucho y siento y que he ido incorporando como propio a través del tiempo que me ha sido dado para ser vivido.
He llegado a la escuela de La Carolina porque el modelo neoliberal me ha expulsado de la empresa del Estado donde trabajaba.
He llegado pobre, muy pobre, porque con el salario de maestra no voy a poder pagar el alquiler, ni sostener a mi hija durante todo un mes. Tal vez llegue al día 15 o 20 según lleguen los servicios.
Bueno, algo se me va a ocurrir.
Tomo sesenta horas cátedras como maestra especial de teatro en Florencio Varela. Y me voy a “La Carolina”.
Ya es verano y hace tanto calor. Alguien me escupe. Miro a los treinta y ocho alumnos de segundo grado y sólo veo una cara redonda, morena, con ojos de fuego.
“¿Quién me escupió?”, digo gritando.
Silencio.
La cara redonda, morena, con ojos de fuego me sigue mirando.
Entonces, le pregunto a la cara redonda, morena, con ojos de fuego:
“¿Te gusta escupir? ¿Qué pasa si yo te escupo ahora a vos”
Y los ojos de fuego, en la cara redonda y morena, me contestan:
“Usted no es capaz de hacer eso”.
Es un desafío, a mí que he transgredido una y otra vez hasta casi sentir la sangre, hasta creer que ya no soy.
“¿No? ¿No soy capaz? ¿Y por qué?” pregunto desde mis 39 años a esos 8 años, allí sentado, con su cara redonda, morena y con ojos de fuego, ahora más de fuego que nunca porque me va a responder:
“Porque usted es maestra”
Maestra soy y por eso les digo a los niños que se saquen el guardapolvo para hacer la próxima actividad. Sólo algunos, felices por el calor, se los sacan, los otros, casi mudos y transpirados miran algún punto del espacio que no puedo ubicar.
“Que nos saquemos el guardapolvo para ir al patio”, digo.
Y la misma silenciosa respuesta.
“Entonces nos quedamos adentro”
Una clase, dos, tres. Siempre nos quedamos adentro.
Cuarto día. Salgamos al patio y hagamos lo que tenemos que hacer con guardapolvo, calor, sudor y todo.
Quiero trabajar con los cuerpos y el espacio.
Y hacemos figuras, estatuas vivientes, historias corporales.
Y de pronto los niños quieren jugar con mi cuerpo también.
“Venga maestra, tírese en el piso, que es agua, y usted un barco”
Pero si yo me tiro en el piso se van a ver los agujeros que tengo en los zapatos. Me niego.
“Vamos maestra, usted es el barco”
Hace tanto calor y toda esa agua que los niños han inventado, pero los agujeros de mis zapatos negros, con hebilla, de tacones se van a presentar sin pudor a la vista de todos. Como las ropas rotas o sucias que ellos ocultan debajo del guardapolvo.
Entonces me tiro al agua, soy el barco y cierro los ojos. Toman mis brazos, toman mis piernas, me balancean mientras me dejo llevar con los ojos cerrados. Soy un barco sin puerto, que navega en el ancho mar de las injusticias, del dolor, de la falsa moral, de la rabia. Y cuando abro mis ojos veo sus caritas sonrientes, divertidas por delante de un cielo azul, brillante, cielito de la carolina.
Es bajo ese cielo azul brillante de la carolina que escucho llorar a alguien. Lo busco y me encuentro detrás de un árbol a cara redonda, morena y con ojos de fuego. No me quiere decir lo que le pasa, esquiva mi caricia sobre su cabeza, llora, llora y gime. Entonces le digo que le voy a contar un secreto. Ahora sólo llora.
“Vos sos mi guanaco preferido”, le digo en el oído.
Y la cara redonda, morena, con ojos de fuego que dejan salir la última lágrima, me pregunta qué cosa es un guanaco. Y yo le cuento y le vuelvo a decir.
“No te olvides, sos mi guanaco preferido”.
Hagamos un partido de futbol. Como también voy a jugar, ustedes me explican el juego.
Las reglas de juego. Como en la vida social o institucional, hay reglas que cumplir, sino la sociedad se quiebra, la institución se desmorona.
Vamos a ver cómo funciona el futbol que jugaremos, porque ya conocemos las reglas y las respetaremos.
-Vamos, maestra, déle!
-Yo voy al arco.
-No, al arco voy yo, maestra.
-Voy al arco porque tengo zapatos de taco, ¿Ves?
-Está bien.
Qué buen partido, casi sin infracciones y me metieron sólo dos goles. Bueno, mañana nos vemos.
“Hasta mañana, maestra”
Pero mañana no vino Johnatan. ¿Por qué faltó Johnatan? ¿Alguien sabe por qué faltó Johnatan?
-Porque no tenía zapatillas para venir a la escuela.
-Ayer se le terminaron de romper jugando al futbol.
-Por eso él quería estar en el arco, maestra.
Como es fin de clases estamos casi todos contentos. La escuela tiene un movimiento diferente, los niños corren y juegan por todos lados, menos en el aula. Los maestros conversamos, barajamos y adivinamos nuestro futuro.
Una mano me toca casi el fin de la espalda. Me doy vuelta y veo una cara redonda, morena con ojos de fuego.
-Mi guanaco preferido.
-Usted va a venir a esta escuela el año que viene?
-Sí, voy a venir el año que viene-
Entonces la cara redonda, morena y con ojos de fuego se diluye, ahora son dos brazos que abrazan
-No sabe cuánto la voy a querer el año que viene, maestra.
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